Hanal Pixán, ceremonia maya con más de mil años de antigüedad

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La conmemoración del Hanal Pixán es una herencia ancestral de la cultura maya, que se entremezcló a la llegada de los europeos a la península de Yucatán, pero que ha conservado en gran parte el valor y la esencia que se infundió desde los orígenes y que se preserva hasta nuestros días, enfatizando la presencia de la muerte y la cercanía que tienen con los vivos.

Los datos históricos y estudios realizados por investigadores indican que los mayas concebían el tiempo en forma cíclica, concepto fundamentado en el eterno movimiento del sol, la luna y los cuerpos celestes. Lo consideraban un atributo de los dioses y que a su vez compartían los humanos.

En el saber de la milenaria cultura peninsular, los ciclos cortos, como el Huinal, de 20 días, y otros largos, como la llamada rueda calendárica, eran parte de este ciclo de condiciones, que dieron lugar al calendario sagrado llamado Tsolk’iin, de 260 días –que resultaban 13 numerales por 20 nombres-.

Con el Ha’ab o año solar, de 365 -18 meses de 20 días, y un período de 5 días considerados aciagos- que marcaban el engranaje, de 52 años, donde se marcaban los tiempos y registros en eventos ceremoniales y que no se repetían.

Esta concepción estaba ligada a un espacio universal en el que, tenía lugar el fluir infinito del tiempo. Estaba constituido por la tierra, que constituía un plano rectangular, con trece planos celestes por arriba y nueve mundos inferiores por debajo. En el centro había una ceiba (Ceiba Pentandral), el Ya’axche’, sagrado y primigenio árbol verde de la vida, que atravesaba todos los espacios, uniéndolos entre sí.

Creían en un solo dios llamado Junab K’uj, creador de los cielos, la tierra y de todo lo existente en esta vida. En las esquinas del mundo estaban los Bacabes sosteniéndolo, cada uno con sus características propias: al norte estaba Xaman y su color era el blanco; al sur, Nojol, de color amarillo; al este, Lak’in, con su color rojo; y al oeste Chik’in, al que le correspondía el color negro.

Los trece espacios celestiales eran llamados Óoxlá-juntik’uj, y correspondían a las ramas superiores más frondosas de la ceiba, a cuya sombra se gozaba de frescura y descanso eterno.

Cada uno estaba regido por una deidad. Las raíces gruesas y profundas del Ya’axche’ conducían a los nueve mundos inferiores o Bolontik’uj, cada uno vigilado por su guardián protector.

Es de esta manera, que desde la vida se aprendía de la muerte y para los mayas, la cercanía y presencia de sus antepasados llevaba una interrelación y comunicación, ya que para los sacerdotes y místicos podían acudir las fosas y bocas de Xibalbaj y tener el saber de la vida del inframundo.

Los historiadores e investigadores explican que, es de esta forma como nace la presencia y el rito del hanal pixán, o “comida de las ánimas”, que se introdujo como una visión al encuentro de los planos desde donde se gente el origen del hombre y se construye la cosmovisión del primer ser fabricado con maíz, obra realizada por los dioses en los tiempos remotos.

Es una tradición del pueblo maya que entremezcló y fusionó con la cultura occidental y que hoy mantiene un cariz de vitalidad y misticismo en los pueblos de Yucatán. En la actualidad, es una ceremonia que, se lleva al cabo para recordar de una manera especial a los amigos y parientes que se adelantaron en el viaje eterno.

Es un acontecimiento especial para los deudos de los difuntos, pues saben qué, en estos días, del 31 de octubre al 2 de noviembre, las ánimas “reciben permiso” para visitar a sus familiares.

La tradición incluye varios ritos, pero el principal consiste en poner una mesa que funciona como altar, alumbrada con velas de cera, debajo de los árboles del patio y cerca de las sepulturas de los familiares, donde se coloca comida.

La mesa se dispone por planos, porque incluyen los ritos de la esencia. En el primer plano o etapa superior de la mesa se colocan cinco jícaras con bebidas, cuatro -una en cada esquina- para esperar a las ánimas en los cuatro puntos cardinales, una más, al centro, que es la que se ofrece a la ceiba, árbol madre de la cultura maya.

En un segundo plano o peldaño se pueden colocar alimentos, agua, los presentes para las ánimas son: atole nuevo, pibes o mucbipollos, jícamas, mandarinas, naranjas, xec -mezcla hecha con naranja, mandarina, jícama y otras frutas.

Para los mayas, la muerte era un hecho natural. Al fallecer un individuo se le amortajaba y para evitar la falta de alimento en su otra vida, le colocaba en la boca masa de maíz molido. En el entierro, se colocaban ofrendas que mostraran su rango social, oficio y sexo, así como sus pertenencias.

Si era guerrero se le ponían sus armas; si era sacerdote, sus libros sagrados, sus cuentas para predecir el futuro; si era mujer, las piedras para moler maíz y sus herramientas para tejer. Además, se enterraba a un perro que guiaría al Pixán de sus amos en el azaroso viaje a la eternidad. De día, los deudos lloraban al difunto en silencio, y de noche, lo hacían con gritos y lamentos.

Los historiadores indican que el paso de la vida a la muerte era difícil y delicado. Se creía que las almas de los muertos no abandonaban la tierra inmediatamente después del deceso. Que permanecían entre sus familiares llevando la vida de costumbre sin darse cuenta de su cambio de estado.

La revelación de lo ocurrido tenía lugar días después y hasta entonces el alma emprendía el viaje al lugar que le correspondiera. Este trance se prolongaba con las almas de los adultos, las cuales se resistían a dejar el cuerpo por temor a los O’kol Pixán o ladrones de almas, que rondaban en los momentos de agonía; este peligro era sorteado mediante la presencia de un Aj K’iin para auxiliar al moribundo poniéndolo bajo la protección de Junab K’uj.

Cuando la agonía se prolongaba demasiado, un familiar le daba al difunto doce azotes suaves con una soga para aligerar la partida del alma que al desprenderse del cuerpo salía de la casa por las pequeñas aberturas de los extremos del jo’olnaj che’ o viga mayor.

Por ello, el Hanal Pixán es el rito y la celebración de la vida y la cercanía con los difuntos, por ello, la evolución a recibir a sus ancestros y darles la mejor atención en su retorno al mundo de los vivos.

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